Televisión

Chiquito de la Calzada en el cine: un fistro de trilogía que merece reivindicación por la gloria de mi madre

Bracula Gallery A

Hasta hace muy poco tiempo, el cine estaba considerado el destino definitivo para alcanzar la gloria y la fortuna. Solo con la reciente (y algo hipócrita) reivindicación de la televisión como una zona donde también se podía producir entretenimiento “de calidad” se ha vivido una equiparación de las producciones de ambos sitios, habiéndose llegado a vivir en los últimos tiempos incluso el flujo contrario: actores de cine de prestigio que encuentran un refugio laboral en canales de prestigio como HBO o Netflix.

La cuestión es que en Estados Unidos, especialmente en el ámbito de la comedia, es un trasunto que lleva décadas funcionando. Las películas protagonizadas por cómicos televisivos es una tradición que funciona como un (dignísimo) subgénero en sí mismo. Los precedentes son cómicos como Bob Hope o los Hermanos Marx, que triunfaron en el vodevil (un medio considerado menor, pero rabiosamente popular), antes de hacerlo a nivel internacional con sus películas.

Cuando la televisión se convirtió en el principal entretenimiento de la sociedad norteamericana, se convirtió también en un suministrador constante de talento interpretativo para el cine. Y desde los años setenta, con programas como ‘Saturday Night Live’ y otros más o menos ficcionados, más o menos respetuosos con sus orígenes sobre el escenario, la lista de nombres que han pasado de la televisión al cine es interminable: Jim Carrey, Tina Fey, Will Ferrell, Dan Aykroyd, Bill Murray, Peter Sellers, Lily Tomlin, Janeane Garofalo…

Jimcarrey Jim Carrey como uno de sus múltiples personajes televisivos previos a su éxito en el cine.

La lista se completa con gente de otros países como Stephen Fry, Hugh Laurie, Emma Thompson, Steve Coogan… y los españoles, claro. En España también tenemos la tradición de que humoristas de éxito en la pequeña pantalla pasen al cine… con irregulares resultados. Uno de los casos menos conocidos hoy es el de Cassen, que antes de sus míticas películas con Berlanga, triunfaba en televisión Española con ‘En broma’.

Sin embargo, son Tip y Coll el precedente más lejano e identificable con el éxito de Chiquito. De tremenda popularidad en su día gracias a la televisión y a su aparición continua en distintos programas de variedades, popularizaron latiguillos surrealistas que pasaron a la lingüistica pop patria como “Dame la manita Pepe Luí”, “¡Hija de mis entrenaldas!” o “La próxima semana…hablaremos del Gobierno”, en peculiar pero obvio precedente del fenómeno Chiquito. Juntos participaron como secundarios en innumerables películas, y protagonizaron la delirante ‘La garbanza negra, que en paz descanse…’

En los años ochenta, la corriente de películas protagonizadas por humoristas se acentuó, y los resultados, aunque pobres en lo técnico, brillaban con una extravagancia que los hace merecedores, quizás, de su propio artículo. Los Hermanos Calatrava con ‘El ETE y el OTO’ (entre muchas otras), el Dúo Sacapuntas con la abismal ‘Yo quiero ser torero’ o Pepe Da Rosa con ‘Le llamaban JR’.

Las tres películas de Chiquito se enmarcan en los últimos coletazos de los traspasos al cine de casi-compañeros generacionales, como Martes y Trece (‘Aquí huele a muerto…’ y ‘El robobo de la jojoya’ -después de algunas en formato trío-), Los Morancos (‘Sevilla Connection’) o Cruz y Raya (‘Ni se te ocurra’, más ‘¡Ja me maaten…!’ y ‘Ekipo Ja’, ya con Juan Cruz en solitario). Los resultados de taquilla fueron espectaculares, los críticos todo lo contrario.

Sin embargo, revisadas hoy (y de una sentada, para que los efluvios tóxicos entren sin resistencia), las películas de Chiquito tienen no pocos valores. Con sus carencias, con sus problemas, son también testimonio del torbellino de talento de un humorista absolutamente único. Tan único que ni siquiera lo convencional del formato cinematográfico fue capaz de domesticar. Las hemos revisado, ya fuera de los dañinos prejuicios de su momento, y esto es lo que hemos descubierto.

‘Aquí llega Condemor, el pecador de la pradera’ (1996)

El propio concepto de salida de ‘Condemor’ es la perfecta prueba de cómo, posiblemente en un despacho en una gris reunión de productores españoles, se intentó encapsular esa pirámide de anarquía en formato de chiste clásico que eran las fugaces intervenciones de Chiquito de la Calzada en televisión. Sobre todo en el mugriento ‘Genio y Figura’, donde brillaba sin problemas por encima de gente como Paz Padilla o, ehm, El Gran Fali.

Para embutir el huracán en hora y media de comedia con un mínimo de argumento, se escogieron tics verbales de Chiquito en sus chistes, gloria surreal sin pies ni cabeza, y se les dio sentido narrativo. “Condemor”, interjección gloriosa y bofetada al sentido común, es aquí el nombre de un conde de origen francés. Lucas, protagonista del “Hasta luego Lucas” de afortunadísima inscripción a fuego en nuestro día a día, era su criado. Y la ambientación de las aventuras de estos dos fistros era el western, primero porque eran unos pecadores de la pradera, y segundo porque los caballos vienen de Bonanza.

Partir de semejantes mimbres para construir una película es propio de chiste de Chiquito de la Calzada, pero los productores sabían que contaban con un ingrediente absolutamente diamantino: la capacidad de Chiquito de la Calzada para hacer reir a partir de, literalmente, la nada más absoluta. Y así funciona ‘Condemor’, a partir de un argumento mínimo que involucra al propio y a su criado Lucas como responsables involuntarios de la seguridad de un pueblo en una trama que bebe de ‘El hombre que mató a Liberty Vallance’, por decir algo.

Por supuesto, poco se puede decir de la factura técnica de una película sin apenas personalidad formal, firmada por un Álvaro de la Iglesia que venía de rodar los dos taquillazos de Martes y Trece y, previamente, la delirante ‘Policía’, debut en la gran pantalla y en formato thriller de Emilio Aragón. La película transcurre discretísimamente, con un estilo expositivo y sin florituras, pero que sabe respetar a Chiquito como núcleo absoluto de la acción.

Por eso, cuando en ‘Condemor’ interviene un Bigote Arrocet bastante desubicado, imitando sin demasiada gracia a Cantinflas (ojo: en 1996 andábamos rodando a alguien falseando acento mexicano y diciendo “A volar, joven”), o cuando se ponen en marcha números musicales que parecen salidos de una revista de los setenta, la cosa se sustenta a duras penas. Pero cuando interviene Chiquito, aún a veces con el piloto automático, ‘Condemor’ funciona.

Funciona sobre todo porque la película es académica en el sentido de que utiliza uno de nuestros Productos Nacionales por excelencia, el western rodado en Almería, para encumbrar a nuestro gran Tesoro Nacional. El choque de trenes tiene sustancia y funciona: Chiquito no cuenta chistes, pero usa todas las onomatopeyas de sus historias, todos los latiguillos y todos los movimientos sexuales y caiditas de Roma que caracterizaban a sus historias.

El resultado es que Chiquito no cuenta chistes, sino que se convierte en protagonista de uno de ellos: “Ese Condemor de la pradera, un fistro que…” Y aunque ‘Condemor’ carece de la concisión y el dinamismo de las perlas engarzadas que eran sus intervenciones televisivas, el resultado es absolutamente único porque estamos viendo un puzle en el que encajan todas las piezas salvo una. Y el espectador entiende de forma intuitiva que se debe a que la grandeza de Chiquito no puede ser ajustada a un marco convencional.

‘Brácula: Condemor II’ (1997)

‘Condemor’ se convirtió en un predecible fenómeno de taquilla: fue la cuarta película española más taquillera de 1996 con 248’3 millones de pesetas, por debajo solo de ‘Two Much’, ‘Libertarias’ y ‘El día de la Bestia’. La secuela inmediata -‘Brácula: Condemor II’- era obligatoria, y el resultado fue muy superior a lo que se podía haber soñado. El punto de partida, sin embargo, partía de conceptos tan agarrotados como los de su precedente.

Pero menos: en este caso se optó por continuar el argumento de ‘Condemor’ de forma radicalmente lineal en lo espacial y lo temporal. Posiblemente por delirante asociación de ideas se planteó un crossover con uno de los condes más famosos de la cultura pop, Drácula. Que ni pintado, porque eso propiciaba la parodia de nuestro Otro Género Popular por excelencia: el terror de los sesenta y setenta a rebufo de las producciones más tardías de la Hammer.

En esta ocasión, Condemor y lucas llegan a un castillo donde un grupo de vampiros esperan la llegada del Conde Drácula. Para sobrevivir, se hacen pasar por chupasangres en una singular parodia de ‘El baile de los vampiros’ de Polanski que incluye el número musical más demente de la historia de nuestro cine, y que adapta distintas piezas de música clásica pachanguera con letra y bailes transformados para el talante de Chiquito.

‘Brácula’ es una película que parece haber analizado la fuerza y debilidades de Condemor y opta por lanzarse de cabeza al absurdo, con un Chiquito de la Calzada descocado y que va encadenando diálogos delirantes hasta llegar a cierto punto de agresividad febril: interpela a quienes le rodean con gritos y palabras demenciales como “grimo”, se enfrasca en juegos de palabras periscópicos y que no llevan a ninguna parte, como declamar el título “Drácula, amo y señor de los Abismos de Cleofás y de las almas” como “Brácula, amo y señor del sofá y de las camas“.

De hecho, ya la propia confusión que da título a la película es casi un virus: pronunciar la palabra mágica “Brácula” nos convierte a todos, instantáneamente, en Chiquitos perfectos, en émulos de su verbo privilegiado. Solo un titán de la lengua descoyuntada como él puede generar un vocablo tan desternillante y brindárnoslo a los espectadores para que sintamos, sílaba a sílaba, lo que es paladear la reinvención del idioma puesto en práctica por Chiquito.

‘Brácula’ es mejor cuanto más se contagia de la verborreica e imprevisible locura de Chiquito de la Calzada, como en los números musicales.

‘Brácula’ funciona con más efectividad cuanto más se deja contagiar por el delirante ritmo verbal que exhuda su protagonista. Las persecuciones finales, el encuentro con Drácula, la llegada al castillo siguen a duras penas el ritmo de Chiquito, que se encuentra con el ambiente terrorífico de cartón piedra un entorno perfecto para permanecer constantemente metido en su personaje-tipo, atribulado, urgente, con un aullido hipohuracanado y un salto en reverso con pequeño puntapié siempre a punto, un personaje del que lo único que sabemos es que afronta los problemas con locura prodigiosa camuflada de trabalenguas inexpugnable.

‘Pápa Piquillo’ (1998)

Aunque la recaudación de ‘Brácula’ fue inferior a la de ‘Condemor’, no le costó nada encaramarse al Top 10 de las películas españolas más vistas ese año, y solo doce meses después ya había un cierre para esta apabullante epopeya humorística en tres partes. De nuevo dirigida y escrita por Álvaro Sáenz de Heredia, con ‘Pápa Piquillo’ nos encontramos con una producción que parece percatarse de que ‘Brácula’ llegaba al límite en muchos aspectos, y da un volantazo en una dirección inesperada: la del drama con raíz social.

‘Pápa Piquillo’, sin embargo, es coherente con las dos anteriores al proponer una revitalización extemporánea de un género cinematográfico popular y que es también España pura: el mal llamado cine quinqui. Con él, en los setenta y ochenta se relataron las salvajes tropelías urbanas de El Torete, El Vaquilla, El Jaro y otros atracadores de poca monta politoxicómanos que hicieron que la sociedad española se asomara, entre sensacionalismo y tragedia cotidiana, a la desigualdad y la miseria. ‘Pápa Piquillo’ es el reverso luminoso de aquel cine.

El personaje del título es un gitano que tiene que cuidar de una gran cantidad de nietos y evitar que caigan en la tentadora marginalidad que ofrece un poblado cercano donde se vende droga. Pápa Piquillo es un honrado músico ambulante al que Chiquito inyecta de una enternecedora humanidad al poner en práctica un curioso juego metanarrativo: si en ‘Condemor’ y ‘Brácula’ Chiquito era su propio personaje, aquí vuelve a ser Chiquito, es decir, el contador de chistes.

Queda un poso surreal al que De Heredia renuncia abiertamente a combatir, porque a estas alturas solo es un testigo más del Huracán Chiquito: ¿por qué Papá Piquillo habla así, por la gloria de mi madre? ¿Por qué se expresa con comparaciones ultraterrenas, por qué dice que el mono no tiene papeles, que caga de memoria? Su interpretación, sin embargo, está más amarrada a la realidad, y no lo veremos gritar “Jarl” más que media docena de veces, no como en las anteriores películas, donde era un fistro de UZI verbal.

Como película convencional, ‘Pápa Piquillo’ es decididamente más desastrosa que las dos primeras, y a la infrahumana banda sonora de synth-pop abismal de Andrés Sáenz de Heredia se suman unas interpretaciones infernales de buena parte de los adultos. Sin embargo, la presencia directa y emotiva de un Chiquito de la Calzada que anima a sus nietos contándoles chistes de Chiquito de la Calzada y entonando ese flamenco personalísimo en enjandemore, salvan la función. Estamos lejos de la mirada al abismo chiflado de ‘Brácula’, pero como adiós del maestro a los papeles protagónicos, ‘Pápa Piquillo’ bien merece una revisión.

Chiquito aún aparecería en unas cuantas películas como secundario capaz de brillar como una supernova en películas tan tenebrosas como ‘Torrente 5’ o ‘El oro de Moscú’, pero ya no como protagonista. Quedan estas tres películas, de popularidad desorbitada y calidad formal discutible, pero testimonios perfectos de lo que era contemplar el humor puro, destilado hasta el absurdo, inexpugnable e inmortal como la palabra “fistro”, del gran Chiquito de la Calzada.

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La noticia Chiquito de la Calzada en el cine: un fistro de trilogía que merece reivindicación por la gloria de mi madre fue publicada originalmente en Espinof por John Tones .

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