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El extracto de Fahrenheit 451 que reflexiona sobre el anti-intelectualismo de la sociedad actual

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Ray Bradbury escribió esta esencial novela distópica sumergido en el clima intelectual conocido como la era McCarthy, aquel período en el que la paranoia política causó una paranoica caza de brujas. El escritor, sin embargo, detectó correctamente cuál sería la principal amenaza del porvenir de la cultura: en el futuro la censura alcanzará el estatus de innecesaria si logramos que nadie se moleste en indagar, en preocuparse por desafiar sus pensamientos. En abrir un libro.

Más de 60 años después (Fahrenheit 451 se escribió en 1953) su lección resuena entre los estudiantes y lectores que se acercan a la obra cada año. Hoy mismo la comunidad de Reddit ha querido relanzar un fragmento de su novela, en concreto el pasaje del monólogo del capitán Beatty.

Para muchos este texto acierta como predictor de las contradicciones de la era moderna: en los tiempos en los que la masa social es tan plural, los medios tienen mayor cuidado que nunca de trasmitir mensajes que no ofendan a nadie, por lo que se apuesta por un mínimo común denominador que termina por suprimir la pluralidad de ideas y el desarrollo del conocimiento. Una cultura radicalmente anti-intelectual.

También aquí vemos bien expresado el letargo mental al que se someten los ciudadanos bombardeados por infinidad de estímulos urgentes pero no importantes. No es sólo una maniobra de despiste: como señaló el Doctor Repronto con un ejemplo práctico, los informativos dedican una amplia porción de sus programas a la constatación de hechos meteorológicos y resultados deportivos que, en verdad, están ampliamente corroborados por todos. Confirman lo que vemos para que nos creamos lo que no vemos.

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Por supuesto estos hechos podrían ser cuestionables, ya que hoy hay muchas más posibilidades de que la gente se pueda dedicar al estudio y al arte y tenemos, en conjunto, mejor nivel educativo que en ningún período anterior, también los países que en los 50 ni soñaban con ello. Pero Bradbury acertó como mínimo en una cosa: estamos rodeados de opciones para culturizarnos. Nadie impide que luchemos por una autonomía de nuestro discurso. Y sin embargo estamos leyendo menos libros que nunca.

He aquí el extracto de Fahrenheit 451 que está conmoviendo a miles de usuarios.

Ahora, consideremos las minorías en nuestra civilización. Cuanto mayor es la población, más minorías hay. No hay que meterse con los aficionados a los perros, a los gatos, con los médicos, abogados, comerciantes, cocineros, mormones, bautistas, unitarios, chinos de segunda generación, suecos, italianos, alemanes, tejanos, irlandeses, gente de Oregón o de México. En este libro, en esta obra, en este serial de televisión la gente no quiere representar a ningún pintor, cartógrafo o mecá- nico que exista en la realidad. Cuanto mayor es el mercado, Montag, menos hay que hacer frente a la controversia, recuerda esto. Todas las minorías menores con sus ombligos que hay que mantener limpios. Los autores, llenos de malignos pensamientos, aporrean máquinas de escribir. Eso hicieron. Las revistas se convirtieron en una masa insulsa y amorfa. Los libros, según dijeron los críticos esnobs, eran como agua sucia. No es extraño que los libros dejaran de venderse, decían los críticos. Pero el público, que sabía lo que quería, permitió la supervivencia de los libros de historietas. Y de las revistas eróticas tridimensionales, claro está. Ahí tienes, Montag. No era una imposición del Gobierno. No hubo ningún dictado, ni declaración, ni censura, no. La tecnología, la explotación de las masas y la presión de las minorías produjo el fenómeno, a Dios gracias. En la actualidad, gracias a todo ello, uno puede ser feliz continuamente, se le permite leer historietas ilustradas o periódicos profesionales.

Sí, pero, ¿qué me dice de los bomberos?

Ah. Beatty se inclinó hacia delante entre la débil neblina producida por su pipa.— ¿Qué es más fácil de explicar y más lógico? Como las universidades producían más corredores, saltadores, boxeadores, aviadores y nadadores, en vez de profesores, críticos, sabios, y creadores, la palabra «intelectual», claro está, se convirtió en el insulto que merecía ser. Siempre se teme lo desconocido. Sin duda, te acordarás del muchacho de tu clase que era excepcionalmente «inteligente», que recitaba la mayoría de las lecciones y daba las respuestas, en tanto que los 62 demás permanecían como muñecos de barro, y le detestaban. ¿Y no era ese muchacho inteligente al que escogían para pegar y atormentar después de las horas de clase? Desde luego que sí. Hemos de ser todos iguales. No todos nacimos libres e iguales, como dice la Constitución, sino todos hechos iguales. Cada hombre, la imagen de cualquier otro. Entonces todos son felices, porque no pueden establecerse diferencias ni comparaciones desfavorables. ¡Ea! Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma, domina la mente del hombre. ¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo del hombre que leyese mucho? ¿Yo? No los resistiría ni un minuto. Y así, cuando, por último, las casas fueron totalmente inmunizadas contra el fuego, en el mundo entero (la otra noche tenías razón en tus conjeturas) ya no hubo necesidad de bomberos para el antiguo trabajo. Se les dio una nueva misión, como custodios de nuestra tranquilidad de espíritu, de nuestro pequeño, comprensible y justo temor de ser inferiores. Censores oficiales, jueces y ejecutores. Eso eres tú, Montag. Y eso soy yo.

[…] Tranquilidad, Montag. Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado, o cuánto maíz produjo Iowa el año pasado. Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se encuentra la melancolía. Cualquier hombre que pueda desmontar un mural de televisión y volver a armarlo luego, y, en la actualidad, la mayoría de los hombres pueden hacerlo, es más feliz que cualquier otro que trata de medir, calibrar y sopesar el Universo, que no puede ser medido ni sopesado sin que un hombre se sienta bestial y solitario. Lo sé, lo he intentado.¡Al diablo con ello! Así, pues, adelante con los clubes y las fiestas, los acróbatas y los prestidigitadores, los coches a reacción, las bicicletas helicópteros, el sexo y las drogas, más de todo lo que esté relacionado con reflejos automáticos. Si el drama es malo, si la película no dice nada, si la comedia carece de sentido, dame una inyección de teramina. Me parecerá que reacciono con la obra, cuando sólo se trata de una reacción táctil a las vibraciones. Pero no me importa. Prefiero un entretenimiento completo.


La noticia El extracto de Fahrenheit 451 que reflexiona sobre el anti-intelectualismo de la sociedad actual fue publicada originalmente en Magnet por Esther Miguel Trula .

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